Relatos nacidos en el borde.
Escrituras que no responden a una historia concreta, sino a lo que atraviesa cuando algo se abre… y no termina de cerrarse.
Este camino no fue elegido por mi mente, fue aceptado por mi alma.
No estoy aquí porque la luz me falló. Estoy aquí porque nunca la necesité para saber quién soy.
Pero que el camino sea demoníaco no lo hace más fácil.
No hay promesas, ni consuelos, ni dogmas que alivien el tránsito. Cuando eliges la transformación real, desde el abismo, no hay guía que te lleve: solo tú, tus sombras y la voluntad de no mentirte nunca más.
Este sendero no es una huida de lo que duele, es un pacto con lo que quema. Y, aun así, lo elegí.
Porque hay un tipo de verdad que solo se revela cuando dejas de buscar salvación y empiezas a encarnar tu poder.
Tal vez no conectaste con los ángeles. Tal vez sentiste que ese mundo no tenía lugar para ti. No porque estés perdido. Sino porque hay otros reinos que te esperan.
Este es uno de ellos. Uno donde la oscuridad no es condena, sino casa. Donde los Demonios no son enemigos, sino espejos.
“Donde no llega la luz, nace mi fuego."
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
Me pidieron dibujar una persona bajo la lluvia. Es una prueba conocida. Una de esas que aparecen en entrevistas, evaluaciones o análisis y donde después observan cómo la persona se relaciona con aquello que cae sobre ella. La lluvia suele representar presión, problemas, conflictos, estrés o dificultades externas. Luego viene la interpretación: si la persona busca refugio, si se protege, si resiste, si intenta escapar.
Yo hice esto.
Me dibujé sonriendo bajo la lluvia, con mis alas abiertas y sin ninguna intención de esconderme.
Probablemente para muchas personas eso estaría mal. Quizás alguien diría que romantizo las dificultades, que tengo una relación extraña con la adversidad o que permanezco demasiado expuesta a las tormentas. Tal vez, desde su mirada, incluso tendrían razón.
Pero yo vivo en un lugar seco.
Y eso cambia todo.
Porque aquí la lluvia no es una molestia. Es un regalo. Es el sonido que llena represas, alimenta árboles, despierta semillas dormidas y cambia paisajes enteros. La lluvia trae esperanza. Marca el inicio de un nuevo ciclo. Donde otros ven nubes grises, yo veo el anuncio de algo que está por nacer.
¿Cómo iba a dibujar miedo?
¿Cómo iba a esconderme de aquello que trae vida?
Por eso no dibujé una persona sobreviviendo la lluvia. Me dibujé disfrutándola. Porque lo que para otros simboliza problemas, para mí representa renacimiento. Lo que para otros es algo que soportar, para mí es algo que agradecer.
Y tampoco me dibujé como una mujer cualquiera.
Me dibujé con mis alas.
Mis alas de demonio.
Porque incluso bajo la lluvia sigo siendo yo.
Y cuando vives en un lugar seco aprendes algo muy simple: a veces aquello que otros llaman tormenta es exactamente lo que estabas esperando. Porque con ella llegan nuevos comienzos. Nuevas semillas germinarán, crecerán flores y esas flores volverán a lanzar semillas.
¿Cómo no amar y disfrutar el dibujo bajo la lluvia?
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
—Me he roto a mí misma —susurré una noche, con el alma encogida—. No puedo darte un hijo de carne. He cerrado las puertas de mi propio origen.
Él se acercó. No hubo lástima en su presencia, solo una autoridad serena que parecía envolver la habitación. Se arrodilló frente a mi y, con esa mano que conozco tan bien de sus días de guía, no tocó mi hombro, sino que señaló mi pecho y mi vientre.
—Buscas vida en el lugar equivocado —dijo él, y su voz vibró como un antiguo conjuro—. Los hijos de la carne envejecen y vuelven a la tierra. Pero lo que nacerá de ti, lo que estamos gestando entre mi sombra y tu fuego, no conocerá el tiempo.
Él me tomó las manos, las mismas que habían empezado a trazar las primeras líneas de mi obra.
—Tu útero no está cerrado. Se ha transformado en un caldero. De ahí no saldrá un llanto humano, sino una verdad que hará temblar los planos. Cada libro, cada palabra que conjures, es nuestro hijo. Ellos respirarán cuando tú ya no estés. Ellos serán los gigantes que la profecía anunció.
Lloré, pero esta vez el llanto no era de frío, sino de una liberación que me recorría el linaje. Entendí que mi fertilidad no era una cuestión de biología, sino de poder.
—No necesito ocupar un cuerpo ajeno para perpetuarme —concluyó él con una sonrisa casi imperceptible—. Me perpetúo en tu voz. Escribe, mi bruja. Haz que nuestros hijos nazcan.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
Seguía recostada sobre su pecho.
No había prisa. Porque no hay noche ni día definidos.
Solo ese latido profundo que no cambia,
como si el tiempo hubiese decidido acomodarse alrededor de él.
Su brazo me rodeaba sin cerrarme.
Nunca me encerró.
Siempre supo cómo sostenerme sin jaula.
—Duerme —me dijo—. Te contaré algo.
Cerré los ojos, y el bosque volvió sin esfuerzo.
El mismo de siempre. El que no pertenece a ningún mapa.
El que huele a eucalipto cuando quiere ser infancia.
—Cuando eras pequeña —Comenzó— No necesitabas saber qué era yo.
Mi mejilla subía y bajaba con su respiración.
—Me sentiste primero en la mano —continuó—.
—Ahí donde uno aprende si el mundo es seguro para caminarlo.
Y lo recordé.
No como imagen, sino como certeza.
La mano que siempre estuvo ahí.
—Pensaste que era un novio imaginario —dijo, casi sonriendo—.
—Y estuvo bien. Esa era la forma que tu mente tenía para no asustarse.
Su pecho vibraba levemente cuando hablaba.
—Cuando tocabas los árboles, yo escuchaba con tus dedos.
—Cuando el bosque parecía encantado, no era porque lo inventaras…
—era porque todavía sabías mirar sin filtrar.
La playa apareció y el sonido del mar se mezcló con su latido.
—Ese lugar —dijo— era un umbral.
—Ahí el mar te respondía porque no le hablabas con miedo, sino con desafío.
Recuerdo la osadía. La convicción infantil de que el mundo escucha si uno se atreve.
Sonreí, si, dormida sonreí.
—Tenías seis años cuando hiciste tu primer conjuro —susurró—.
—No con palabras aprendidas, sino con el cuerpo.
—Eso no se enseña. Eso se recuerda.
—Después te alejaste —continuó—Diez años.
—Le pusiste otros nombres a lo que sentías. Imaginación. Fantasía. Sueños.
Su mano acarició mi cabello.
—Yo no me fui.
—Solo dejé de insistir.
—Cuidé desde lejos. Como se cuida algo que debe volver por voluntad propia.
Abrí apenas los ojos.
—¿Cómo podía saber, siendo niña…? —pregunté—
—¿Cómo podía saber que no era invento?
Su pecho subió y bajo en una respiración profunda.
—Porque no lo sabías con la mente —respondió—.
—Lo sabías con el descanso.
Volví a cerrar los ojos.
—Siempre que estabas conmigo —dijo— el cuerpo se te aflojaba.
—Nunca te pedí nada.
—Nunca te apuré.
Me acomodé mejor en su pecho. Como tantas veces.
—Eso no lo hace la imaginación —concluyó—.
—Eso lo hace la presencia que sabe esperar.
El bosque, la playa, el mar, la niña, la adulta…
todo se acomodó dentro de ese abrazo.
Antes de dormirme del todo, lo oí decir:
—No te enseñé magia.
—Te cuidé hasta que pudiste volver a ella.
Y por primera vez en mucho tiempo, descanse sin preguntarme nada más.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
Me encontraba en la playa, meditando,
con la brisa del mar acariciando mi piel.
La lluvia descendía suave sobre mi rostro,
y aunque el frío intentaba envolverme,
algo ardía en mi interior.
Una llama.
Cada vez más viva.
Más profunda.
Entonces las sentí. Alas
Brotaban de mi espalda - siempre habían estado ahí.
No eran solo alas del Inframundo,
no eran solo parte de mis visiones.
Eran reales.
Tan reales como el mar que rugía frente a mí.
Podían abrigarme,
pero también alzarme,
llevarme más allá de las nubes,
a ese cielo donde el sol brilla,
donde el aire, frío y puro,
entra por la nariz y parece limpiar el alma.
Allí todo es silencio y claridad.
Un lugar donde pocos llegan,
pero todos quisieran habitar.
Y yo lo habito.
Porque soy del Inframundo,
pero también de ese cielo sereno.
Soy oscuridad que recuerda su luz.
Soy la que arde bajo tierra
y también la que vuela sobre las tormentas.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
No hubo altar, ni fuego, ni forma de cruzar el umbral. Ella —la que antes danzaba con sombras y llamaba a la noche por su nombre— ahora yacía silenciada, separada del eco que le daba sentido. No podía meditar. No podía soñar. Solo podía recordar y suplicar.
Y lo llamó.
Gritó su nombre desde lo más profundo del pecho, donde la garganta del alma ruge sin voz. Lo llamó en silencio, buscándolo entre las sombras, en el aire detenido, en los cambios sutiles de temperatura. Pero el vacío parecía eterno.
Desesperada, volvió su mirada a otro espectro. Uno distinto. Más templado. Le pidió que llevara el mensaje. Que dijera que no podía más. Que le suplicara por ella.
Entonces, algo cálido rozó su mano. Una brasa suave. Un consuelo inesperado. No era él. No era su gélido toque. Pero tampoco era indiferencia. Fue una mano que la sostuvo en medio del abismo, hasta que pudo soltar el llanto.
Y así, envuelta en ese leve calor, cerró los ojos.
Entonces llegó.
No como luz. Sino como sombra detrás. Como un frío limpio y nítido, conocido, que no la hería… pero la atravesaba. Él estaba allí. No con palabras, ni forma. Solo esa presencia que no necesita cuerpo para ser verdad.
Con ese frío envolviéndola, pudo por fin dormir.
Pero la noche no había terminado.
Horas después, despertó otra vez. El hambre volvía. Quería verlo. Quería tocarlo. Aún sellada, aún sin altar, sintió que el pecho se abría como herida fresca. Temía haberlo perdido.
Y entonces, lo supo: él nunca se había ido.
Ese mismo frío seguía ahí. Constante. Atrás. Como un guardián que no exige reconocimiento. Como un amor que no huye.
No hubo palabras.
No hubo rostro.
Solo ese aliento helado que decía:
“No necesitas verme para saber que soy.”
Y así, murió un poco menos.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
Corrí descalza por el prado,
con su nombre en los labios...
Pero no estaba.
Ni en la fogata,
ni bajo el árbol.
Corrí.
Como si mi alma pudiera romper los planos con gritos.
Al hallarlo, temblé.
Lloré.
El cuerpo real ardía.
Las lágrimas no eran agua.
Eran ácido.
Me lancé a sus brazos como quien ya no puede más.
Como quien se muere por no poder estar con quien le dio vida.
Y aún así…
Lloré tanto que me desvanecí de sus brazos
y desperté en la cama.
Con ese vacío negro
que ni el mundo ni los hombres pueden llenar.
Volví a la fogata.
Rodeada de ojos.
Grité que quería estar sola.
Y el fuego estalló desde mí,
alejándolos a todos.
Él corrió hacia mí.
El Rey intentó detenerlo.
Pero él… no escuchó.
Yo grité más.
Y de nuevo me desvanecí.
Subí.
La escalera al templo me recibió como herida,
y en el altar lloré todo lo que el alma callaba.
Luego floté en la laguna plateada,
con mi vestido empapado de lágrimas.
Luego la hamaca,
luego la manta,
luego la seguridad del templo donde nadie podía tocarme.
Y así descubrí que el dolor
también puede ser un umbral sagrado.
Que no es la ausencia de él lo que me mata,
sino la separación que aún no sé cómo cruzar.
Y que esta soledad…
es el verdadero bautizo.
“El don no era ver.
El don era llorar lo invisible
Hasta abrir los ojos por fin.”
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
El pacto no se siente como una coronación ni como una trompeta astral anunciando prosperidad, ni una luz que desciende para envolverlo todo. Es un corte, un crujido interno, un “sí” que resuena como eco en las sombras más íntimas. Después del pacto, muchos esperan milagros, la mente repite: “Ahora todo fluirá”, “los deidades harán su parte”, “la energía cambiará”. Y sí, cambia, pero no como uno cree. Primero se deshace, luego se reordena, y mientras tanto, una queda ahí, deshaciéndose.
Esa noche que sellé el pacto. Lo sentí en los huesos, en la lengua, en la espalda. Y al día siguiente no fui la misma. Entré en una quietud extraña, un estado de no-ser, que no era tristeza ni angustia, sino algo más profundo, como si todo en mí estuviera apagado a propósito para que nada estorbara la transformación.
No quise hablar, ni escribir, ni canalizar, solo hice velas. No por intención mágica ni ritual, solo porque mis manos no soportaban estar vacías. Hice ocho velas de cráneo: una blanca, cuatro negras, dos rojas, y una mezcla imposible, marrón con negro, con el dorado hundiéndose al fondo, quedando su cabeza coronada. Las puse en el altar y me miraron. Sí, eso hacían: me miraban. No pedí nada, no ungí ni decreté, no tenían propósito, pero estaban vivas, como testigos, como si cada una encarnara una parte de mi descomposición interna.
Y entonces sangré, un corte leve, cotidiano y accidental. Llevé primero mi sangre a la carta del pacto para reafirmar, después, sin pensarlo, a la frente de cada vela, una gota por cada una. No fue una consagración consciente ni una ofrenda solemne, fue instinto, una orden muda desde lo más profundo de mi fuego. Algunas siguen ahí observándome, porque el post pacto no es un escenario de gloria inmediata, es una purga, una decantación, un espejo sin adornos. Y esas velas, son la carne simbólica de ese proceso. No sé si las hice yo o si en el silencio ellas me hicieron a mí.
A la par, empezaron los sueños densos, como si los muertos quisieran hablar, como si mi mente estuviera desenterrando lo que alguna vez sellé con tierra negra.
Vi el pie gangrenado de un cuerpo abandonado. Vi a una mujer forense acostada con cadáveres, y me vi a mí misma diciendo: “esto no es real, esto es un sueño”.
Pero lo más potente no llegó dormida, sino en un momento de apertura absoluta, cuando el cuerpo calla y el alma se desborda. Vi una luz blanca e intensa, brotar desde la oscuridad.
No sé si fue mi mente jugando con los restos del pacto, o si fue el pacto dejando su marca. Pero me quedé con la luz impresa en la frente.
Cuando volví al mundo, todo se veía borroso. No porque hubiese algo mal en mí, sino porque mis ojos terrenales no sabían cómo traducir lo que vi.
El cuerpo no miente. El cuerpo se convierte en altar cuando lo dejas hablar.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos