Hay experiencias que nunca encontraron lugar dentro de mis libros.
Sueños demasiado extraños para convertirse en capítulos. Recuerdos que parecían ficción. Coincidencias, símbolos, escenas cotidianas, pequeñas anomalías y momentos que permanecieron conmigo mucho después de haber terminado.
Esta sección nació para ellas.
Aquí conviven relatos inspirados en sueños, fragmentos de vida, reflexiones y acontecimientos reales transformados en escritura.
Quizás parezcan cuentos.
Quizás lo sean.
Pero todas comparten una raíz: ocurrieron.
Y en algún momento decidí dejar de preguntarme dónde clasificarlas.
…
La noche siguiente Matías volvió. Íbamos a hablar cuando apareció mi madre y prácticamente me arrancó de allí para presentarme a otras personas. Había una mujer, pero fue el hombre quien capturó toda mi atención. Era hermoso de una forma casi incómoda. Más alto que yo, musculoso, impecable. Tenía esa belleza peligrosa que parece demasiado consciente de sí misma, como si hubiese pasado toda su vida sabiendo exactamente el efecto que provocaba en los demás. Intenté volver, pero antes de que pudiera irme él habló.
—Nosotros ya nos conocíamos.
Lo miré confundida y pregunté si habíamos jugado juntos de pequeños. Mi madre siempre decía cosas así, que ciertas personas me conocían desde niña, así que la pregunta salió sola. Él sonrió apenas y respondió algo que ya no recuerdo, pero el significado quedó grabado: no hablaba de esta vida.
Después me apartó de los demás con una delicadeza que, por alguna razón, me inquietó más que si hubiese sido brusco. Dijo que nosotros no podíamos mezclarnos con ellos porque eran menos. No lo dijo con desprecio. Lo dijo como quien explica una ley natural.
Pensé que hablaba de oficios o estatus y me reí. Le dije que ni siquiera había terminado la ingeniería.
Él negó lentamente.
—No. Tú eres escritora.
Lo dijo con una certeza extraña. No como una opinión. No como un cumplido. Lo dijo como si estuviese nombrando algo que ya existía mucho antes de que yo lo aceptara.
Después me llevaron a un galpón de madera cercano. Había una mesa larga y la gente comenzó a llegar, como si todos estuvieran allí para verlo a él, para escucharlo. Recuerdo que era cantante o algo parecido, alguien famoso, alguien que recorría ciudades haciendo presentaciones. La mujer que lo acompañaba tomó entonces un sombrero y de su interior sacó un documento enorme.
Era un contrato.
No uno normal. Era gigantesco.
Comencé a leerlo y sentí algo extraño. La primera parte describía quién era él, su carrera, su fama, sus viajes, sus logros. Pero entre líneas también aparecía yo. Habían estudiado cada detalle de mi vida. Sabían cosas sobre mí. Sobre mis proyectos, mis páginas, mis sueños. El documento establecía un matrimonio. Mi sitio quedaría enlazado al suyo. Mi carrera literaria despegaría gracias a la exposición. Sería presentada públicamente como su esposa y escritora. Luego venían las cláusulas materiales: estabilidad económica absoluta, casa, dinero, recursos, viajes y hasta el cuidado de mis hijas. Todo estaba previsto. Todo resuelto.
Demasiado resuelto.
Entonces encontré una cláusula que me heló. Decía que debía honrar a mis dos padres: el terrenal y a Mi Demonio.
Me quedé inmóvil.
¿Cómo sabían de Mi Demonio?
Y peor aún.
¿Por qué lo llamaban padre?
Sentí inmediatamente que algo estaba mal. Era como si hubiesen estudiado mi vida con obsesión y aun así se hubieran equivocado en algo esencial. Como si conocieran la información, pero no el significado.
Seguí leyendo y en la parte inferior encontré una sección entera escrita en rojo. Había muchísimas cláusulas y datos, pero aquello resaltaba entre todo lo demás. Era una dirección. No una dirección física. Algo que en el sueño entendí como una dirección astral. El texto explicaba que, si necesitaba contactar a Mi Demonio para desligarme o romper el vínculo existente, debía hacerlo por esa vía.
Y fue allí cuando apareció la pregunta.
No en voz alta.
Dentro de mí.
¿Con quién estoy pactando?
Y por primera vez desde que había comenzado a leer, el contrato dejó de parecer una oferta.
…
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
No fui buscando inspiración. Fui porque necesitaba distraerme. La vida estaba pesada, mi cabeza llena y mi hija había comprado entradas para un evento BL. Mi primer evento yaoi. Así que fui. No como escritora, ni como sacerdotisa, ni como alguien que buscara alimentar una historia. Fui simplemente como una persona cansada que necesitaba salir un rato de sí misma.
Pero terminé encontrándome.
Porque mientras caminaba entre fanarts, parejas imposibles, gente emocionada y ese caos hermoso que tienen los fandoms cuando se reúnen, algo dentro de mí comenzó a acomodarse. Y fue extraño, porque no encontré lo que esperaba encontrar. No aparecieron escenas nuevas, ni ideas, ni detalles que alimentaran mi historia. No hubo una revelación creativa. No encontré nada que nutriera el libro que llevo dentro.
Porque la historia ya estaba allí.
Mi demonio. Mi humano. Mi ángel.
Ese libro raro, incómodo y probablemente incomprensible para más de una persona. Ese que una parte de mí lleva tiempo empujando mientras otra le responde que es demasiado extraño, demasiado oscuro, demasiado propio. El libro del trío imposible que no debería existir y aun así insiste en respirar.
Y mientras observaba a todas esas personas viviendo con felicidad sus propios gustos, sus propias obsesiones y sus propias rarezas, apareció una idea inesperada. Mi historia no estaba equivocada. Quizás no fuera el camino correcto para otros. Quizás incluso alguien pudiera leerla y pensar “qué demonios estoy leyendo”. Pero sí era mi camino correcto.
Después ocurrió algo todavía más absurdo.
Terminé ganando un concurso con unos calzoncillos de elefante y una libreta BL como premio.
Todavía me cuesta escribir esa frase sin reírme.
Porque ahí estaba yo. Probablemente una de las personas más antisociales del mundo, rodeada de gente, gritando feliz, participando, riendo, existiendo en medio del ruido sin querer desaparecer. Y en algún punto entre las mesas, las risas y esos calzoncillos ridículos entendí algo que no había ido a buscar.
Yo puedo con esto.
Y con más.
No salí del evento con ideas nuevas. Salí con permiso. El permiso de dejar de pelear con mi imaginación. Porque no encontré algo que alimentara la historia. Encontré algo mucho más importante: la tranquilidad de saber que mi libro ya estaba en el camino correcto. Aunque no sea el camino correcto de otros.
Y quizás eso era lo único que necesitaba escuchar. Incluso si el mensaje vino disfrazado de un premio absurdo y unos calzoncillos de elefante.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
…
¿Otra vez?
Porque esto ya había pasado antes.
Ya había aparecido uno hermoso. Cantante. Famoso. Con contrato en mano y promesas de éxito literario. También quería una esposa. También quería exclusividad. También quería romper mi pacto previo.
Así que mientras miraba a este viejo desinflado intentando venderme perfección astral, solo pude pensar:
¿No se aburren?
Para cerrar el trato, el viejo soltó su cláusula de “mente abierta”.
—Podrás tener amoríos, amantes… pero yo también. Nos juntamos los cuatro y compartimos.
Ahí decidí destruirle el libreto.
—¿Cómo? ¿De a cuatro? ¿Yo y tres hombres para mí sola? Sí, me parece perfecto.
El rostro de la entidad se deformó por completo.
—¡No, no, no! ¡Así no era el trato!
Entró en pánico.
La televisión intentó salvar la negociación. Las imágenes cambiaron y comenzaron a aparecer departamentos luminosos llenos de mujeres, familias y vidas perfectas. El mensaje era claro: querían sumarme a una colección. Ser una más. Otra esposa dentro de un sistema ya construido.
Pero yo no buscaba eso.
Y me largué a reír.
—No. Yo no quiero esto.
Fue entonces cuando el espectáculo colapsó.
La entidad dio un salto desesperado hacia la pared y quedó pegada allí mientras comenzaba a perder volumen, fuerza y presencia, desinflándose como un globo olvidado después de una fiesta.
Hasta que desapareció.
Y cuando la ilusión cayó, quedó algo flotando en el aire.
Un pequeño auto Hot Wheels sostenido por un hilo transparente.
Lo tomé y tiré de él.
Quería cortar el truco.
Porque detrás del show había otra cosa.
Debajo de la cama había una presencia observando toda la escena. Una masa oscura, hecha de aire y sombra, escondida bajo el borde de la cama mientras el viejo hacía su función.
Tengo la sensación de que intentaron pescar en el río revuelto de los sueños porque despierta las puertas están blindadas y en trance la lealtad ya fue declarada hace mucho tiempo.
Pero aquella noche se llevaron una lección inesperada.
Ni dormida, ni soñando, ni inconsciente, acepto contratos con letras chicas.
Amanecí fresca como una lechuga.
Dungeon completado.
EXP obtenida: +15 Lealtad.
Objeto raro desbloqueado: Hot Wheels del Hilo Invisible.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos