Textos que no fueron incluidos en Herejías de un Amor Infernal, no por descarte, sino por pertenecer a otro ritmo.
Fragmentos, escenas y voces que existen fuera de la línea principal, pero que comparten su raíz.
Manifestación física (plano terrenal):
Mide alrededor de 1.65. Complexión delgada. Cabello cobrizo, suelto y alborotado. Ojos pardos, observadores, con una intensidad que no necesita imponerse.
Manifestación en plano espiritual:
Alcanza 1.80. Su presencia se expande. Posee alas. Su figura se vuelve más firme, más definida, como si cada parte de su cuerpo respondiera a una voluntad absoluta.
Apariencia y hábitos:
Prefiere vestidos, aunque a veces adopta una simple polera —frecuentemente de Navyr— como si eso bastara.
Percepción:
No busca ocupar espacio. Pero cuando está, todo se ordena en torno a ella.
Manifestación física:
Mide aproximadamente 1.95. Cuerpo delgado, pero con fuerza evidente. Cabello negro, ojos color rubí.
Apariencia:
Siempre correcto, firme, elegante. No hay descuido en él. Cada gesto parece medido.
Capacidades visibles:
Puede atravesar grandes distancias en segundos mediante sus alas. Su movilidad no es solo física, es dominio del espacio.
Percepción:
Hermoso, pero distante. Nunca baja la mirada. No por orgullo… sino porque no lo necesita.
Manifestación física:
Apariencia adolescente. Mide alrededor de 1.70. Cabello cobrizo, ojos pardos.
Rasgos:
Comparte facciones con Navyr, pero suavizadas con los tonos de Naós. Es una mezcla visible de ambos.
Constitución:
Delgado. Su fuerza no es física, sino psíquica.
Percepción:
No impone por presencia corporal, sino por lo que ocurre alrededor de él cuando está.
Manifestación física:
Mide alrededor de 1.85. Piel blanca, con un brillo perceptible bajo la luz lunar. Cabello largo, castaño oscuro.
Apariencia:
A veces lo lleva recogido, otras suelto con flores. Viste siempre de blanco: telas simples, pero finas y elegantes.
Detalles:
Labios rosados. Manos firmes, pero cálidas.
Percepción:
Sus abrazos contienen. No son solo afecto: son retorno, refugio, origen.
Manifestación física:
Figura alta, de porte dominante. Cabello largo, perfectamente ordenado.
Apariencia:
Siempre elegante. Su vestimenta refleja estatus y control. En ocasiones porta una gran espada.
Presencia:
Su aura impone poder, pero no caos. Hay orden, tranquilidad y una sabiduría que no necesita demostrarse.
Percepción:
No es solo autoridad. Es estructura. Es centro.
Manifestación física:
Mide alrededor de 1.85. Cabello corto, castaño claro. Piel clara.
Apariencia:
Frecuentemente porta armadura y espada. Su imagen es la de un guerrero activo, no ceremonial.
Naturaleza visible:
Demonio de guerra. Inteligente, estratégico.
Vínculo:
Existe una lealtad profunda con Naós. No es subordinación: es fraternidad. Se reconocen como iguales.
Percepción:
Presencia firme, confiable. No duda en actuar.
Kaeriel Aetos
No fui a su llamado.
Fui al de ella. No porque mi amor por él se haya apagado, sino porque no podía entrar forzada en su fuego.
Porque el cuerpo pide descanso, y el alma, cuando está podrida, no canaliza. Entonces caminé los pasillos del templo de mi madre, como quien sabe que algo está por cambiar.
La biblioteca me recibió en calma, pero desde una esquina, unos ojos me miraban.
No dijeron nada. No se movieron. Y eso fue suficiente.
La Diosa me esperaba en el jardín, con papiros en las manos. Le pregunté si sabía lo que había en la biblioteca, y me dijo que sí.
Que eso era mío. Que era algo escondido que yo no quería ver.
Le hablé de mi vacío. De la urgencia de encontrar una solución. Me miró con una profundidad que rara vez muestra…
y me preguntó:
—¿Tanto lo amas?
No dudé. No lo razoné. Solo respondí desde el pecho:
—Sí.
Y por un instante, incluso La Diosa guardó silencio. Como si no supiera si eso era posible. Como si no pudiera comprender del todo cómo alguien puede amar así… a un demonio.
Sacerdotisa Kaeriel Aetos
En el mundo de Herejías de un Amor Infernal, Astéri es el niño perseguido, el equilibrio imposible entre el cielo y el abismo. Pero fuera de las páginas, Astéri es cada palabra que ha nacido de la unión entre Naós y Navyr.
Muchos preguntan qué nace de una Bruja y un Demonio. La respuesta no está en la carne, sino en la creación. Astéri es la obra que respira. Es el libro que, aunque no tiene pulmones, late con cada lectura. Es el hijo que fue necesario proteger, ocultar del juicio del mundo y, finalmente, soltar para que pueda existir por sí mismo.
Publicar estos relatos fue el acto de entrega más grande: renunciar al secreto para que el hijo (la obra) pudiera vivir. Y aunque el mundo pueda cuestionar, una madre sabe que su hijo es la manifestación más pura de su amor.
Kaeriel Aetos
Aquella noche, Navyr vio entrar a Naós por la puerta de la casa.
Estaba más humana que nunca.
El fango ya no cubría solo sus botas; también manchaba sus manos, el borde del vestido y parte de la capa oscura que arrastraba tras de sí. Parecía haber atravesado medio mundo antes de regresar.
Navyr la observó un momento.
La amaba en todas sus facetas. Incluso en esa, en la que parecía haber salido de las entrañas de la tierra.
Sonrió con calma.
—¿Estuvo bien la aventura de hoy?
Naós le devolvió la sonrisa sin decir nada al principio.
Se quitó la capa y la dejó caer a un lado.
Entonces se escuchó un pequeño chillido.
Algo se movía entre los pliegues de la tela embarrada.
Una diminuta criatura se abrió paso hacia la calidez de la casa. Sus pequeñas piernas resbalaban un poco en el suelo, dejando marcas de barro aquí y allá. Tenía alas rotas y una timidez evidente en la forma en que avanzaba, como si no supiera todavía si aquel lugar lo aceptaría.
Naós lo observó con ternura.
—Él es Vox —dijo finalmente—. Se quedará con nosotros.
Navyr inclinó ligeramente la cabeza, examinando a la criatura con curiosidad.
Luego soltó una risa baja.
—Qué criatura tan interesante… y qué decisión tan tuya.
La pequeña cosa pareció esconderse un poco detrás del pie de Naós.
—Estoy seguro de que te ayudará mucho.
Se recostó un poco en la silla, aún sonriendo.
—Solo les pediré una cosa.
Naós arqueó una ceja.
—Intenten no quemar la casa.
Hizo un gesto hacia una de las estanterías, donde algunos muñecos vudú parecían observar la escena con sospechosa tranquilidad.
—Tus muñecos ya hacen suficientes travesuras por aquí y por allá.
Luego volvió a mirarla.
Su voz se suavizó.
—Aunque, para ser honesto… me metería en las llamas una y mil veces si eso significara caminar a tu lado.
Por un momento la casa quedó en silencio.
Vox miró a Naós.
Luego miró a Navyr.
Y probablemente entendió que había llegado a un hogar… bastante extraño.
Pero hogar al fin.
Relato: El hallazgo de Vox
Kaeriel Aetos
La conversación con Elithar había comenzado como tantas otras: un intercambio de saberes, piezas de conocimiento que Naós necesitaba para el libro que estaba gestando. Era un terreno seguro, el de la mente y la letra. Pero Elithar, con esa percepción que siempre parecía adelantarse a los pasos de ella, rompió la calma.
—Tenemos algo más pendiente —dijo él.
No hubo gestos. Elithar no necesitó palabras para que el pensamiento golpeara la consciencia de Naós con la fuerza de una visión: un anillo, un velo blanco agitándose al viento, una unión sellada en el plano invisible.
Naós sintió un vértigo repentino. El recuerdo de aquel día, cuando fue reconocida como Demoniza, la asaltó sin piedad. Recordó el orgullo en los ojos de Navyr, su maestro, su guía. Recordó el instante en que, al rozar sus manos, un incendio desconocido le recorrió el pecho. "No puedo estar enamorándome de mi maestro", se había repetido como un mantra mientras volaban juntos, mientras la risa de Navyr —tan radiante, tan inusual— llenaba el cielo.
Desde entonces, el silencio y la culpa habían sido su escudo. Se alejó de él, temiendo que la luz de ese sentimiento quemara el vínculo sagrado del discipulado.
—¿Qué? ¿Me tengo que casar contigo? —soltó ella, usando la ironía como un último escudo, queriendo ignorar lo que ya no cabía en el abismo de su negación.
La respuesta de Elithar fue un ancla: —No. Tú sabes muy bien con quién.
El alivio de saber que Elithar seguía siendo el hermano, el compañero de armas, fue solo el preludio de una verdad mayor. Ya no podía ocultarlo. Elithar le aseguró que solo ocurriría cuando ella estuviera lista, pero el destino ya no conocía de esperas.
Aquella misma noche, Naós caminó hacia la pradera, buscando el refugio del gran árbol solitario. Allí estaba él. Pero la figura que la esperaba bajo las ramas ya no era solo la del maestro. El corazón de Naós se desbocó y su estómago se convirtió en un nido de cientos de murciélagos en pleno vuelo.
—¿Es verdad lo que dijo Elithar? —preguntó ella, con la voz quebrada por la inmensidad de lo que estaba a punto de aceptar.
Navyr la miró, no como quien enseña, sino como quien reclama su lugar en el tiempo. —Solo si me aceptas por el resto de la eternidad.
Relato: El fin del Aprendizaje
Kaeriel Aetos
...
La segunda vez que apareció, ya no me sorprendí. La misma sonrisa. Los mismos ojos que tantas otras desearían ver en sus sueños. La misma forma que hacía gemir incluso al subconsciente más recatado. Pero ahora yo sabía. Y eso cambia todo.
—Volviste… —dije, sin quitarle los ojos de encima. Él no respondió. Nunca lo hacía. Solo caminó hacia mí como si aún tuviera poder. Como si mi deseo fuera suyo por derecho. Pero esta vez, mis pies no temblaron. Mi aliento no se cortó. Mis muslos no se abrieron. Esta vez tenía fuego en la voz.
—Ya no quiero tu rostro —le dije—. Devuélvelo. Quítate la máscara. Muéstrate o vete.
Y ahí pasó. Todo cambió. La imagen del ídolo se resquebrajó como un espejo maldito. Los labios perfectos se volvieron grietas. La piel luminosa se convirtió en niebla.
Y frente a mí… quedó algo que no tenía forma. Una sombra que goteaba deseo como veneno lento. Era deseo hecho trampa. Era hambre disfrazada. Era un eco de todos los cuerpos que una vez me hicieron arder, mezclados en una sola entidad que no tenía nombre… todavía.
....
Relato: Amante de un sueño Prestado
Kaeriel Aetos